Cynthia Solís.

Muchos de nosotros en edad laboral, hemos firmado uno de estos míticos  documentos, conocidos como Convenio de Confidencialidad o NDA (Non-Disclosure Agreement) por sus siglas en inglés; este contrato, porque lo es, se considera uno de los menos respetados, a veces sólo forma parte de esa enorme pila de paja legal que tenemos que firmar al momento de entrar a trabajar a alguna empresa, desgraciadamente, sólo un pequeño porcentaje de nosotros, realmente lo lee y otro mucho más pequeño comprende lo que su firma significa.

Este contrato se usa comúnmente en empresas cuyo valor comercial se centra en activos intangibles mejor conocidos como secretos industriales, debe ser redactado de una forma minuciosa y detallada, casi artesanal para que realmente tenga los efectos deseados, debe hacérsele saber al firmante la calidad y la importancia de la información a la que tendrá acceso y que debe estar correctamente clasificada como confidencial.

La popularidad de este documento se debe a que es prácticamente la única arma legal que el dueño de la información tiene para salvaguardarla más o menos, y digo más o menos porque en la práctica me ha tocado ver que este papelito es más violado que el reglamento de tránsito y menos respetado que el contrato matrimonial.

Al final, como diríamos en el argot asalariado, chamba es chamba, y a veces valemos mucho más por lo que sabemos de nuestra empresa que por lo que hacemos y por eso nos acaba llegando al precio la competencia.

Me gustaría recordarles, sobre todo a aquellos que lo firmaron sin leer, que la violación a este contrato podría incluso llevarlos a la cárcel, toda vez que esto es un delito previsto en la Ley de la Propiedad Industrial.

Pero el tema de este texto va más allá del simple convenio de confidencialidad en sí mismo, esta vez quiero presentarlo como una herramienta efectiva que puede coadyuvar en el cumplimiento de la Ley Federal de Protección de Datos Personales en Posesión de Particulares y su Reglamento.

Sabemos que esta Ley nos exige contar con un aviso de privacidad que sirve como el delimitador de lo que podemos hacer con los datos personales de los titulares, además de esto nos exige medidas físicas, administrativas y técnicas, para salvaguardar la información, pues bien, mi propuesta va en el siguiente sentido, si nosotros somos los dueños de una empresa que trata datos personales y estamos obligados por el aviso de privacidad a no hacer con ellos nada que no se encuentre contemplado en él, una de las mejores alternativas administrativas que tenemos a nuestro alcance es incorporar estos límites en los convenios de confidencialidad, me explico: si en nuestro aviso de privacidad, por ejemplo, no estamos autorizados para enviar información con fines de mercadotecnia a nuestros clientes, lo que podemos hacer es incorporar una cláusula en el convenio de confidencial que prohíba utilizar los datos de los clientes para fines de mercadotecnia, además claro, de la prohibición expresa de apoderarse de ellos para crear bases de datos, lo que conocemos como la “cartera de clientes”. Es importante que citemos esta Ley Federal de Datos Personales en Posesión de los Particulares, su reglamento y las infracciones o inclusive delitos en los que podría incurrir al utilizar de forma indebida los datos personales a los que tiene acceso.

Es así como este instrumento jurídico tan incomprendido, puede recobrar una nueva fuerza y nueva vida y además nos puede servir como sustento de que aplicamos medidas administrativas para la seguridad de la información ante cualquier requerimiento del INAI.

Por último, amigo lector, le recomiendo que no recurra al viejo truco del machote para estos contratos, ya que de verdad deben ser hechos a la medida para que sean un instrumento eficaz en vez de ser sólo un papel más en la pila de los expedientes laborales.

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